Puede aparecer a cualquier edad, aunque se estima que es más frecuente entre los 30 y 50 años

La rosácea es una enfermedad inflamatoria de la piel que se caracteriza por el enrojecimiento de la zona central del rostro (mejillas, frente, nariz, mentón y zona peribucal).

Sin embargo, no es el único síntoma, ya que esta afección puede manifestarse, como señalan desde el Centro Médico de la Universidad de Rochester, con inflamación de los vasos sanguíneo subcutáneos; con la aparición de granos y vasos sanguíneos agrandados en el rostro; y con el agrandamiento de las glándulas sebáceas de la nariz y mejillas.

Puede aparecer a cualquier edad, aunque se estima que es más frecuente entre los 30 y 50 años, en personas con tez clara, en personas que hayan sufrido acné en la adolescencia y en mujeres, especialmente durante la menopausia. Afecta a un 5,5% de la población, aproximadamente, aunque solo el 1% la tiene diagnosticada.

Según la Academia Española de Dermatología y Venereología, no se conoce la causa exacta de su aparición, pero se sabe que algunos factores agravan sus síntomas: exposición a la radiación ultravioleta sin una protección adecuada, temperaturas extremas, estrés emocional, y las bebidas alcohólicas o calientes.

También influyen los cambios bruscos de temperatura, el uso prolongado de corticoides tópicos y la ansiedad.

Aunque la rosácea no tiene cura, sí existen tratamientos eficaces para combatir los síntomas y mejorar el aspecto de la piel. Los más habituales son los antiobióticos orales o los tópicos. También se puede utilizar el láser, que destruye las estructuras alteradas de la piel; y crema hidratante para los casos más leves.

Desde la Sociedad Española de Medicina Interna explican que a pesar de que la rosácea tiene un buen pronóstico, puede limitar la calidad de vida de la paciente de forma considerable. Además, si no se trata correctamente, cabe la posibilidad que la inflamación sostenida de la piel durante un periodo de tiempo prolongado produzca alteraciones y deformidades permanentes.

Por otra parte, además de la piel, la rosácea puede afectar a los ojos y los párpados, provocando picor, enrojecimiento, lagrimeo, quemazón, inflamación de los párpados y sensibilidad a la luz.